sábado, 23 de agosto de 2014

¿Bolívar bailó o no bailó?

En la película Libertador, Bolívar baila tambores.  Para añadir picante a la polémica, reviso aquí las posibilidades

Mucha tela se ha cortado en torno a la película Libertador, dirigida por Alberto Arvelo y protagonizada por Edgar Ramírez. 

Aquí no daré detalles de la crítica sobre los vacíos históricos evidentes que deja el film en favor del entretenimiento, sino que me pasearé por un aspecto específico que creo que puede darle más picante a la polémica... Después de todo, eso también es espectáculo.

En una escena, un Bolívar alegre y enamorado se une a una fiesta de sus esclavos en San Mateo. No solo sonríe animado de la mano de su esposa María Teresa, sino que se lanza a agitar su cuerpo al ritmo de los tambores. Inevitablemente uno se queda pensando tanto en la habilidad del personaje, que evoca -mínimo- una buena parranda en Choroní, como en las posibilidades de que el Libertador hubiese compartido con sus esclavos tan íntimamente.

Mi papá, que está desarrollando con la Fundación Mediarum un proyecto dedicado al Libertador, me cuenta que es posible que Bolívar haya tenido gran afinidad cultural con gente de raza negra. Su familia, no solo tuvo sus propios esclavos, sino que además delegó parte de la crianza del niño Simón a mujeres negras. Además, Bolívar permaneció un tiempo en Haití, donde fue ayudado por el presidente Petión, así como en Jamaica. No es difícil suponer que sí sintiera el ritmo de los tambores caribeños y en consecuencia, haya echado su bailadita de vez en cuando.

Por otra parte, a Bolívar la historia le atribuye una habilidad especial para el baile sin mezquindades. En un ensayo de Adolfo González Henríquez titulado La música del Caribe colombiano durante la Guerra de Independencia se señala que “La pasión que Bolívar mantuvo por la música durante toda su vida, su destreza para el baile y su especial temperamento convierte el rastreo de sus múltiples andanzas en una preciosa fuente de información sobre la cultura musical de las clases altas republicanas...". 

González Henríquez revela además un dato especial, cuando el 16 de Junio de 1822 se festejó la victoria de Pichincha con un baile en la mansión de Juan Larrea: "...Aquella noche la polonesa fue pródiga en encuentros amorosos de importancia histórica, pues Sucre conoció a su futura esposa y Simón Bolívar tuvo su primer contacto con Manuelita Sáenz..."

Adicionalmente, en sus memorias, Jeannette Hart, catalogada como la novia norteamericana de Simón Bolívar, dibuja un recuerdo muy elocuente. "Cuando bailaba con el general Bolívar pude notar que solamente los pies de un bailarín por naturaleza podían llevarme a través de aquellos intrincados pasos y figuras de aquellas danzas exóticas y poco familiares para mí... La última pieza que tocó la banda y que bailamos los dos, fue un vals. La multitud cesó de bailar dejándonos el centro del salón a nosotros solos y colocándose alrededor para vernos... La armonía de nuestros movimientos era tan bella, que ninguna otra pareja hubiese podido competir. El general se movía como si los acordes de aquel vals emanaran de su propio cuerpo, era algo como una disposición heredada".


Entonces... responde tú... ¿Bolívar bailó tambores o no?

lunes, 31 de marzo de 2014

Mientras cantaba Aznavour... conocí a Cheo

Acompañado de la soledad que ofrece este país sin memoria, murió ayer Eliseo Perera. Aquel consolidado actor de carácter que en los 80 nos invitaba -casi con un regaño- a inscribirnos en el registro electoral. “¡No habrá prórroga!” decía mirando fijamente al televidente.

Lo conocí una tarde de febrero, o marzo tal vez. Por alguna razón fui a parar a su casa en una época en la que ya el nombre del veterano no figuraba en muchos carteles cinematográficos. Los años de luminaria habían pasado y en su hoja de vida se concretaban papeles secundarios que se alternaban entre médicos, curas o abogados. Sin embargo, yo estaba fascinada con la idea, primero porque me parecía tremendo actor y de paso me recordaba un poco a mi papá.

Eliseo me pareció agradable, cercano, gentil y un poco terco. Todo un galán de telenovela olvidada que dejaba ver, a la luz de una lámpara de fibra óptica que reposaba en una mesita, la soberbia de quien fue una gran estrella. Solo bastaron un par de rones con Coca-Cola para que Cheo, como lo llamaban sus allegados, se explayara a rememorar sus buenos tiempos.

Al fondo, un Charles Aznavour de acetato giraba cantando sus éxitos y el humo seco de muchos cigarrillos dibujaba las bambalinas de la gloria y el reconocimiento. Me contó sobre sus años de fama en Puerto Rico, sobre el reto que representó País Portátil, hablamos de Amanda Gutiérrez, con quien trabajó en La Dueña, de Alberto Álvarez y Yolanda Méndez, de Doris Wells, de muchas mujeres, de fiestas, del teatro, del anhelo por recibir el pago de unas regalías, de la fama, el olvido y la miseria. Fue fantástico, pero también me sentí triste ante el empeño del tiempo en borrar la memoria cultural de los venezolanos.

Hoy, cuando intento buscar en Google el afiche de La noche de los asesinos que me regaló Cheo aquel día, solo encuentro un par de fotos que no ilustran el valor de una carrera que,  más allá de sus conflictos personales, cuenta un poco de lo que somos como país.

Lamento no recordar casi nada de aquella tarde del año 92, lamento no haber tenido el hábito actual de anotarlo todo, lamento que no exista un registro decente del trabajo de Cheo, así como de otros buenos actores de su época. Lamento que se haya ido sin haberlo entrevistado.

De él solo me queda este breve recuerdo y una canción de Charles Aznavour.

domingo, 9 de marzo de 2014

La voz de los estudiantes


A finales de enero, los trabajadores de medios impresos se organizaron para levantar la voz. La ineficiencia del gobierno en el manejo de las divisas tocó la industria que aún mantiene cierta objetividad en un país donde es escasa. La existencia de periódicos, revistas y demás productos editoriales en Venezuela está comprometida porque tanto el papel periódico como el glasé son importados.
Soy periodista de una revista encartada en El Nacional y he sido solo una de las muchas voces en las manifestaciones que se han ido sumando a las que hoy retumban en todo el país.

En una de las protestas organizadas por periodistas, sufrimos un ataque por parte de “colegas oficialistas”. Con el pretexto de cubrir la noticia, se burlaban de los estudiantes que nos acompañaban. Los provocaban preguntándoles por qué estaban en esa manifestación sin sentido y vacía. Los muchachos caían en la trampa animados por la esperanza de vencerlos en el intelecto, sin notar que ese punto no cuenta cuando el que ataca no aprecia el conocimiento.

Fue frustrante verlos molestar a los muchachos en su buena intención, pero sobre todo indignante ver de cerca que estos “periodistas” hacen su trabajo desde un enfoque que censura, rompe y se aleja de la esencia de nuestra carrera.

Días más tarde, en otra manifestación -el escenario común de los luminosos días de febrero- mientras contaba el episodio de arriba a mi amiga Daniela, un muchacho que apenas pasaba los 20 años se me acercó.

Juan es estudiante de Comunicación Social en la Universidad Santa María y al escucharme quiso decirnos que sentía pena de esos “periodistas” que trabajaban para los canales del estado y me mostró desde su celular un video donde una mujer provocaba a una manifestante preguntándole si estaba pidiendo papel para envolver los obsequios de San Valentín.

A los pocos minutos se sumó otro joven al grupo. Luis. Tenía la cara encendida por el sol, un morral sucio terciado y los ojos brillantes. Era estudiante de la Univesidad Metropolitana. Conocía a Juan porque los dos hacían vigilia en la Plaza Altamira y aseguraban que se quedarían allí hasta que “algo pasara”.

Llevaban tres días durmiendo a la intemperie y además de la misión autoimpuesta de defender el futuro de Venezuela, tenían en común la preocupación por perder el empleo de medio tiempo.

Era mi oportunidad de lograr un testimonio genuino, libre de grabadores que intimidaran o carnets que me identificaran con un medio ante el cual quisieran quedar bien.

-¿No sienten miedo?
Luis: -Parece mentira, pero yo me he sentido más seguro frente a la GN que saliendo a rumbear un viernes cualquiera por Caracas.
Juan: -Claro que a veces siento miedo. Yo trabajo y creo que ya me van a botar. Vivo solo aquí en Caracas así que necesito mi trabajo, pero en este momento ya no podemos echarnos para atrás.

-¿Han pensado en comunicarse con un líder político a ver si se logra algo más organizado o más grande?
Juan: -No, esto debe seguir siendo apolítico. Luchamos porque queremos que liberen a nuestros compañeros, porque queremos libertad. Eso no tiene que ver con política.

-¿Qué dicen sus familias?
Luis: -Están de viaje. No saben que llevo tres días durmiendo en la calle.
Juan: -Mi familia es de un pequeño pueblo en Mérida. Llamo a mi mamá todos los días, pero no puedo decirle que estoy en esto porque no quiero preocuparla.

-¿Qué creen que va a pasar? ¿Cuál será el desenlace?
Luis: -Lo que tiene que pasar es que se una más gente. Ayer éramos veinte, hoy somos 60. Mañana seremos muchos más.

-Pero y ¿después de que se unan más estudiantes, qué?
Juan:-Yo creo que el desenlance será doloroso, pero no importará porque habrá sido por la generación que viene detrás de mí. Por mis sobrinos, por los niños… Si no exigimos ahora ¿cómo será el futuro?


Ahora no lo sabemos, pero sí sabemos quiénes lo están construyendo. Gracias muchachos. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Cuando entrevisté a Fito…


Tenía los nervios de punta pues me acababan de avisar que el artista no contestaría más llamadas. Me había costado mucho lograr la entrevista para que ahora un periodista inexperto, que obviamente no lo conocía, ni tenía idea de la poca tolerancia de los artistas argentinos a malas entrevistas, echara todo a perder… Parece ser que el fulano no tuvo mejor idea que centrar su entrevista en el hecho de que Charly García acababa de ser internado en una clínica psiquiátrica. Le preguntó cosas como “¿Qué haría usted si Charly muere…?”. Evidentemente Fito entró en cólera y le colgó el teléfono. Al cabo de unos minutos accedió a terminar sus compromisos. Después de todo, solo le quedaba una entrevista pendiente. La mía. Eso fue en el 2008.

La revista para la que trabajo es exclusivamente femenina, así que debía darle la vuelta a la posibilidad de entrevistar a Fito, el primer hombre que ocuparía allí más de una página. Lo que hice fue convocar a algunas famosas que son fanáticas de su música y les pedí que me dijeran algunas preguntas. Sumando eso a mis preguntas y a las de algunas lectoras, el trabajo quedaría redondo: eran mujeres hablando con Fito. Total, ya en 2004 él había lanzado Mi vida con ellas, así que ese vínculo con la locura femenina ya estaba más que creado.

Repicó el teléfono. Era su representante de prensa. Me dijo que contaba con 15 minutos. Comencé mi entrevista… Él sonaba fastidiado… Me tocó trabajo doble: mantener la cordura al hacer una entrevista a uno de mis artistas favoritos y además demostrarle que sabía de qué estaba hablando para ponerlo cómodo. Indagué en sus recuerdos preguntando sobre discos lejanos, le hablé de canciones poco comunes, esas que no canta en los conciertos con frecuencia (como Ámbar Violeta…), le pregunté por su fascinación por la paternidad y le hice el cuestionario de las famosas.

Demasiado pronto se oyó la voz de la mujer de prensa “Adriana, te quedan 2 minutos” y allí ocurrió lo mejor de la tarde, del día... lo mejor. Fito dijo “No Fulana, con Adriana estoy muy bien...”

Hablamos durante 40 minutos. Me contó de sus canciones que no le gustan. Dijo que hay algunas que hubiese preferido no haber escrito nunca, pero que a la vez encuentra en ellas mucho candor e ingenuidad y eso le hace quererlas. No se refería a Mariposa, no, pero sí a “Soy un hippie”, por ejemplo, y yo lo apoyé sin pena.

Hablamos de Rodolfo, el disco que venía a presentar en un concierto en Caracas en un par de semanas, de cómo componía, de lo que quería hacer en el futuro (más películas), la música que le gustaba (en ese momento estaba pegado con la clásica) y me dijo que mejor sería que nos tomáramos unas copas de vino para hablar sobre filosofía. Yo insólitamente lloraba como una groupie mientras lo entrevistaba, pero ponía la bocina hacia arriba para que no escuchara esa emotividad tan cursi y poco profesional. Para terminar me pidió –como un chiste- que cuando estuviese en el concierto levantara un cartel diciendo que era yo, la periodista de la revista de mujeres…

Se preguntarán si lo hice. No. No lo hice por Dios. Pero lo que sí hice fue comprar el disco Fiesta de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y esperé la rueda de prensa.

Cuando llegó el momento de las entrevistas para televisión, yo aproveché una mínima pausa entre una y otra y me metí al saloncito donde él estaba. La encargada de prensa en Venezuela le dio mi revista con su entrevista y le mencionó que había sido yo la periodista de la larga conversación. Él levantó la vista. Sonrió con cara de que no tenía idea de lo que le estaban diciendo. No le di tiempo. Me lancé y en tres segundos le dije “no te acuerdas de mí, pero no importa. En una entrevista me dijiste que te gusta la música clásica así que te traje esto”. Le di el CD. El lo vio, se rió nerviosamente… Yo también. Me dio las gracias y me dijo que seguramente era muy bueno porque Deutsche Grammophon era un sello reconocidísimo del género. Lo abracé. Otra vez rió nerviosamente. Me fui... Yo también habría tenido miedo de mí…

Track list
Sólo algunas, sin orden específico
 




jueves, 16 de mayo de 2013

Por la mamá de Kevin



Estaba revisando videos viejos grabados con mi celular y encontré una maravilla que revela un poquito lo maravilloso que es poder contagiar a un hijo de las cosas que a uno le gustan. En el video aparece Sebastián, mi hijo, a punto de dormirse cantando “Anoche soñé contigo” de Kevin Johansen, incluida en su cuarto disco, Logo. Canta bajito, como arrullándose y me dice "canta tú también"... 

Lo de la influencia materna me enternece, pero también me maravilla en este caso, porque Kevin Johansen ha nutrido su música con la cultura de distintos lugares donde ha vivido pero, sobre todo, con las referencias heredadas de su madre, una melómana empedernida (como la mía, a quien debo mi voracidad musical). Eso lo supe en el 2009 cuando lo entrevisté y aunque no he publicado aquí nada relacionado con mi trabajo, creo que esto merece la primera ocasión. Me parece que Kevin representa lo que es ser DEL mundo, no de un lugar específico y es justamente esa característica de diversidad lo que creo fascina a Sebastián, aunque él no lo sepa explicar.

Kevin Johansen en su niñez. Tomada de su web oficial.
Les dejo aquí parte de la conversación. Fue una entrevista sencilla y breve, útil para que la disfruten quienes lo conocen y se interesen quienes no.


-Esas combinaciones eclécticas en cada una de tus canciones demuestran creatividad ilimitada. ¿De dónde salen las ideas?
-No creo que en realidad sea tan creativo, sino que combino muchas cosas. Se lo debo a mi vieja que era muy melómana, escuchaba de todo cuando vivimos en Alaska. Ella era argentinísima y a la vez muy latinoamericana, escuchaba música de todas partes. Mas allá del tango o el folklore del norte, ella me nutrió de música muy variada… Bob Dylan, The Beatles… Desde muy temprano escuché un poco de todo. Al ser una persona de letras, me incentivo mucho por el lado de la palabra. Me gustan los idiomas. Siempre digo que vivir una infancia gringa hasta los 11, luego mudarme a Buenos Aires hasta los 26, la libertad que se incentivaba en casa y ser criado por mi madre, influyó en lo que me nutrió culturalmente. Para mí el inglés y el castellano son un solo idioma.

-Has estado nominado al Grammy varias veces aunque tu estilo no parece el del típico astro pop latino. ¿Cómo te llevas con eso de los premios, la fama…?
-Creo que lo mejor de los premios, además de la caricia de miel al ego, es encontrarte con gente que admiras y que les gusta tu disco. Daniela Mercury, por ejemplo, me dijo que le gustaba “Anoche soñé contigo”. Otra cosa interesante es que eso de ser el primer alaskeño en ser nominado a un Grammy Latino debería estar en un Guinness...

-¿Cuál es tu objetivo como artista, qué esperas de tu carrera?
-Me gusta mucho conectar. Todo se trata de eso, de emocionar en algún sentido y sorprender también. La tarea de alguien que hace canciones es sorprenderse uno mismo, para sorprender al otro. Eso nace… Tocar un nervio propio para tocar uno ajeno... Te tiene que mover a ti. Eso es lo que me sucede, trato de no caer en la típica canción demagógica, la típica canción de amor… Son bonitas, pero ya hay cierta desconfianza. Hay sensaciones paradójicas, ambiguas, hermosas que vale la pena contar. Me gusta mucho algo que dice Youssou N'Dour, “la música es el primer idioma”. Es lindísimo porque trasciende los idiomas, es la primera lengua que hablamos. En ese sentido uno se emociona cuando se da cuenta de que hay algo que conmueve, trasciende límites… Es el sueño de cualquier músico.

-¿Hay alguna de tus canciones por la que sientas predilección o que disfrutes mucho tocando?
-No hay favoritismo, pero la gente expresa luego cosas que te conmueven. Cuando hice “Anoche soñé contigo” me dio un poco de pudor porque es muy simple y yo soy más rebuscado. Me daba un poco de vergüenza mostrársela a los amigos y resulta que al metalero, a la punky, a todos los hacía llorar…

-Dime un piropo que te haya funcionado frecuentemente para la conquista…
-Una vez me salió una frase que quedó en una canción llamada “Ese lunar” que dice “tenía el cuerpo más parecido a un alma que haya visto en mi vida”…

miércoles, 17 de abril de 2013

¿A qué hora lloran las mamás?


Mi mamá y yo

Yo no recuerdo haber visto a mi mamá desesperada por algo al punto de ponerse a llorar. No recuerdo haber sentido miedo por nada estando a su lado. No recuerdo, nunca, haber sentido angustia por no entender algo que a ella le pasara. No recuerdo haberla visto llorar por algo que de algún modo me pudiese afectar. Yo nunca la vi.

Mi mamá es muy sensible, muy sentimental. Recuerdo que lloró como una Magdalena cuando se murió Pascual Navarro. Era como si se le había muerto un familiar o un amigo. Apareció pálida diciendo “Se murió Pascual” y mis hermanos y yo supimos lo que venía. Un diluvio. Aún hoy llora cuando recuerda a su papá, que se murió hace como 30 años. Llora con la música, con alguna película, y aunque ella nunca ha sido muy amapuchadora siempre se ha dejado abrazar y menos mal porque siempre me ha parecido reconfortante abrazarla. Podría prestarla un ratico a quien quiera sentir lo más adorable del mundo… Un abrazo blandito, oloroso a flores y como fresco, lleno de protección y seguridad que me alivia incluso hoy en día, después de vieja… yo, no ella.

Ahora, que yo tengo ganas de llorar las 24 horas del día, no sé a qué hora o donde llorar sin que mi hijo se de cuenta y termino con el guarapo frío atragantado en el corazón. Los niños de ahora no nos hacen la tarea más fácil. El mío dice cosas como “¿Vamos a estar en esta tortura 6 años más?... ¿Por qué la gente en mi país escoge a un presidente que no sabe ni hablar? ¿No quieren tener un buen ejemplo para ser mejores personas?” ¡Por Dios! Esas son preguntas que yo no hacía. Cuando yo tenía 11 no tenía idea de quién nos gobernaba, ni me importaba. Estaba segura y tranquila porque siempre estaba mi mamá por ahí. Sin llorar.

Cómo hacer para que él no sienta angustia, no sienta que el tiempo se le hace pesado siendo apenas un niñito… Ya le he dicho: “Sebas, nada de esto es tan importante, quédate tranquilo que afortunadamente aquí estamos tus papás”… pero yo lo que quiero es guindarme a llorar.

Afortunadamente, tras tantas desilusiones, tengo mi discurso de fe siempre al ras de los labios. Ese que le he dicho las veces –demasiado seguidas- que me ha tocado consolarlo por temas que no deberían estarle preocupando. “El futuro que te espera es tan luminoso, que vale la pena cada lagrimita que se nos pueda escapar hoy” y creo que, aunque yo sigo con ganas de llorar, él me cree y confía y se siente seguro, como me sentía yo cuando abrazaba a mi mamá.


  • Si tienes niños mantenlos alejados de las noticias, juega con ellos, háblales de cualquier cosa, pero sobre todo, abrázalos.

  • Tus experiencias sobre cómo ayudar a los niños a sobrellevar la carga emotiva que vivimos por estos días en Venezuela son bienvenidas por aquí... Compártelas.

sábado, 26 de enero de 2013

Libros amistosos


Si hay algo bueno en estos tiempos ácidos que vive Venezuela, es el auge de la literatura local. Han surgido más escenarios para divulgarla, más gente invirtiendo en editarla y más lectores entregados sin reservas a lo nuestro. Así que durante el 2012 leí exclusivamente autores venezolanos.

El criterio no fue solo la venezolanidad de los autores, sino que fueran contemporáneos. Gente que está escribiendo ahora, no solo sus novelas, sino un poquito de historia. Ellos, con sus montones de libros vendidos, están relatando uno de los escasos capítulos positivos de nuestros días.

Debo ser franca y decir que no todos los libros fueron maravillosos. Algunos fueron inolvidables, tanto que pasaron al rincón de la biblioteca donde están solo los favoritos. Otros no tanto, algunos me impresionaron, otros me hicieron sentir ganas de que se terminara el año para poder alejarme cuanto antes de ese (o esos autores) y uno por ahí me hizo sufrir tanto que –aunque es un excelente libro, bien escrito, premiado y con una de esas historias que no puedes soltar hasta la última página- no me atrevo a recomendarlo, porque no quiero que nadie llore lo que yo lloré. Se lo hice saber al autor y agradeció mis lágrimas.  A él le gusta el drama.

Pero esta entrada no busca adentrarse en ese camino.  Debía hacerlo al terminar cada libro, pero ya no lo hice, así que a lo que vine por aquí. Quiero revisar un par de factores en común que encontré en esas lecturas o sus autores.

En primer lugar, los venezolanos somos únicos en el mundo. Todos estos autores están locos, pero sufren de una locura sabrosa, es esa genialidad intelectual que padecen tantos escritores, pero mezclada con el tornillo flojo propio de nuestro gentilicio. El humor está presente hasta en la historia más dramática, eso solo lo sabemos hacer nosotros voluntaria o involuntariamente.

En segundo lugar, seremos lo que sea, pero los venezolanos somos amigos, amigueros y amistosos. Sin los amigos ninguna de las historias que leí, habría tenido ningún sentido, pues es la amistad la que en muchos casos ata o desata las tramas. La amistad es uno de los valores más poderosos de nuestra idioscincracia y en honor a esa verdad, encontrada en cada uno de esos libros leídos este año, comparto aquí un pequeño verso que me recomendó mi papá, quien en mi infacia fuera mi “mejor amigo” (porque era quien se pegaba con más entusiasmo a jugar con Barbies conmigo).  

Romance del Conde Arnaldos
¡Quien hubiera tal ventura sobre las aguas del mar
como hubo el Conde Arnaldos las mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano, la caza iba cazar,
vio llegar una galera que atierra quiere llegar:
las velas traía de seda, ejarcia de un cendal;
marinero que la manda diciendo viene un cantar
que la mar facía en calma, los vientos hace amainar,
los peces que andan nel hondo arriba les hace andar,
las aves que andan volando nel mastel las faz posar.
Allí fabló el Conde Arnaldos, bien oiréis lo que dirá:
-Por Dios te ruego, marinero, digasme ora ese cantar.
Respondióle el mainero, tal respuesta le fue a dar:
-Yo no digo esta canción, sino a quien conmigo va.

(Del Cancionero de Amberes, c. 1545).

A quienes conmigo van, les recomiendo tres de esos libros que leí el año pasado para todos los gustos.  Son los que pasaron al rincón de los favoritos.

Blue Label/Etiqueta Azul. Eduardo Sánchez R. (Libros “El Nacional”,  2010)
Chulapos Mambo. Juan Carlos Médez Guedez. (Lugar Común, 2012)
La más fiera de las bestias. Lucas García (Punto Cero, 2011)